13.7.17

Tengo el alma hecha pedazos y a partir de acá,
No me hago cargo de nada.
No te acerques tanto que te puedo lastimar
Y no me hago cargo de nada.

Tengo los ojos cada vez más abiertos. Hace un rato me asusté. En el colectivo había un pibe que tenía los ojos enormes y  no parpadeaba. Lo miré por dos minutos y no parpadeaba. Por un instante pensé que era un espejo, que me estaba mirando a mí, y me asusté. El cerebro seco debe sonar a frase sin sentido, invento putrefacto de algo que quiere ser pero no sabe qué. Tengo el alma hecha pedazos escucho mientras se abre la puerta del colectivo. Bajo el escalón con ganas de que me lleve puesto un auto así puedo dormir, pero eso solo pasa en las películas que nunca vamos a escribir. No me hago cargo de nada me cantan mientas empiezo a caminar mirando el celular en búsqueda de un mensaje que me salve. Porque todos nos vemos bien o mal, buscando una salida en el cielo, o abajo, en la palma de la mano, mirando ese celular que hay que agarrar fuerte porque se le sale la tapita de atrás, como que se despega. Y busco mi cielo en un lugar que claramente no es. Aunque tampoco sé cuál sería mi cielo. “Hola, mi cielo”, y todas esas cosas que nunca nos dijimos por temor a lo empalagoso. Todos los sobrenombres que nunca nos dijimos. Algún día voy a editar algo que tenga ese nombre. Todos los sobrenombres que nunca nos dijimos. Debe ser porque yo no tengo sobrenorme. Nunca me pusieron uno en especial, más allá de los genéricos, de esos que aquél le dice a todos sus conocidos. Los sobrenombres y la tregua. Necesito una tregua que me saque de acá, ya. Que me rompa de mi, escapar de mi y que todo se termine de una vez. Qué difícil esto de hacerme el pillo para terminar siendo un cagón que no puede salir a ningún lado. Y la excusa de estirar esto para seguir distanciado de la almohada. Es que me da miedo. Te puedo contar los últimos cuatro sueños que tuve. Casi con lujo de detalles. Pero prefiero callarlos porque, ya ves, me angustié. Esta sensación de despertar agitado, de querer gritar, de la angustia que te persigue en forma de sueños que son pesadillas pero que tienen un olor especial, de esos que al principio no espantan. Y, de repente, te ves corriendo o escondido atrás de la puerta. Te acostás contra la puerta para que nadie la abra, para que no la rompan, para que no me saquen de acá. Y despertás es una estúpida embriaguez que te hace creer que estás a salvo con los ojos abiertos. Que nadie te va a romper la puerta, nadie te va a agarrar, nadie te va a… rescatar. Pero, fantineala un segundo y pregúntate cómo es eso de temer que te rescaten, si acabás de estar bajo ducha apagada a los gritos pidiendo que alguien te venga a rescatar. ¿Rescatar?, ¿o todo lo puesto? ¿y qué sería lo opuesto? No sé si poner en el currículum que soy un buscador de milagros constantes para salvarme. Es que no sé en qué apartado, en qué columna ponerlo, bajo qué título. Milagros de un minuto, de una frase, de algo que no llega a ser ni un abrazo. Y si es un abrazo, en el medio meto un chiste, me escapo, huyo, ¿cómo me voy a quedar abrazado si vivo con esta permamente sensación de inseguridad que me come el cuerpo y que me dice "pelotudo, cuando no te des cuenta, te van a venir las ganas de llorar y el mundo se va a reír". Otra semana en la que no morí, ni escribí, ni bailé, ni abracé. Y así puedo seguir todos los meses hasta el fin de esta botella de agua, que tomo toda las noches como Lisa y Bart, por temor a dormirme y que el escocés de mis sueños me abrace y no me deje ir nunca más. Inmortalizo mis ganas del mundo en hojas sin renglones, ni llego a ser esos accidentes a diario que nos sorprenden y nos revitalizan el alma. Hay accidentes a diario, y yo no soy uno de ellos. Escribo porque no sé cuál es la forma de salvarme, porque no encuentro forma de dormir todo esto, de callar el cuerpo que exige movimiento, que exige despertar pero que ni ganas tiene de levantarse de esta silla a la que le falta un tornillo. No me puedo ladear, no me puedo poner de lado, me voy a caer y se va a romper. Como este reproductor que no para de sonar. No te acerques que te puedo lastimar. Soy esta peste que te distrae unos segundos, que te descoloca, que te habla en una voz que sale de una boca que no puede modular. Arrastro la lengua, por eso escribo. No puedo hablar. El ejercicio de no hablar de nosotros dos, y del mundo, y de todo esto que insisto en no saber qué mierda es. Y de repente se me vuelve a escapar el plural, como se me escapó toda la vida, creyendo en la facilidad de la pluralidad, del nosotros inclusivos, de vos y de mi contra el mundo y a pesar del mundo. Pero queríamos otra cosa, yo no quería salir de la almohada y nadie quiere arrastrar a nadie. Y empiezo a gritar, y empiezo a callar el grito, y qué mierda estamos haciendo hablando en plural, si acá no se trata de vos o de mi, se trata de esa calle mal asfaltada, de ese semáforo que dura más de dos minutos pero de tanto sueño que tenemos no lo podemos celebrar. Es que estamos llegando tarde, vivimos llegando tarde, ¿sabés todas las alarmas que pongo cuando logro acostarme? Y las apago, las mato, como todas estas palabras que buscan ser magia, para que pueda dormir, para que se me cierren los ojos y no viva en una constante ensoñación, que no distingue si está garuando o nevando. Esto de no ser egoísta y de escuchar todas las historias que me hagan escapar de mí. ¿Por qué te creés que me la paso preguntando? Porque tus palabras cortan este silencio que me aturde y que me hace buscar en mi cosas que no sé cómo mierda encontrar. Te lleno de preguntas. Mañana me voy a olvidar y te voy a volver a preguntar. Entendeme. Soy Dory. Me reclamo un gesto todos estos años, el gesto de bajar las armas, quiero despensar de una vez, tomarme una vida sabática de mí. Siempre se va a tratar de un gesto, de la piel y de los ojos que ven gestos. Pero todos estos gestos los guardamos entre los dientes, con temor a soltarlos. Tengo miedo de soltarlos. Pero también vivo con miedo a tragarlos y no poder saborearlos nunca más. Tengo miedo de todas estas palabras sin sentido, que me relajan y me aturden a la vez. No sé cómo dejar de escribir para poder irme a dormir. Necesito volver a parpadear.

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