7.7.17



¿En qué momento sabés que hay que frenar cuando estás a minutos de estrellarte pero no lo podés ver por tener los ojos empañados porque acabás de entender que estás arrastrando a alguien más?

El desencuentro eterno de vos y tu mundo. El silencio que queda después de desvestirte y que vean tus llagas, las escamas. El impulso desesperado por remar algo inremable. Mil formas para no hablar de la desesperación. El mundo se asusta, vos te asustás por ver lo que fuiste hace unos minutos atrás. Te aterrás de vos cuando te bajan las pulsaciones, cuando pensás en ayer. Pero hace un par de horas le hablabas a tu vos del futuro diciéndole que no te importaba cómo te ibas a ver en un par de horas. Y ahora te ves así, ahí. Impulsado contra un muro lleno de frases que dicen “Norman, vos sos un pelotudo”. Chocás, de lleno, y terminás así, con sueño, con el sueño que durante días no apareció. Con ese dar vueltas y vueltas sin poder estar allá del todo. Ibas y venías, dejabas de pensar e imaginabas pero sin poder apagar al mundo. Imaginabas terror, imaginabas sonrisas. Todo de forma discontinua. Como esto. Como vos cuando creés que estás avanzando pero estás arrastrando los pies.

Cuando perdés las llaves, cuando se te rompe el cosito que mide la intensidad, cuando no encontrás formas para estabilizar.

El desencuentro de mis ojos con esa línea, con esas marcas, con la cinta que anuncia el peligro. Camino corro en mil formas distintas para todos lados con los pies abiertos primero piso con los dedos primero piso con el talón en el medio se te acalambra una pierna pero no podés parar porque estás llegando tarde a un lugar al que no sabés muy buen cuál es. Pero vas. Impulsado, impulsado por tus ganas de ser de sentir de mirar de abrazar de gritar de parar ese impulso al que no sabés cómo mierda ponerle una coma. De lleno. Contra esto.

Contra el “Norman, sos un pelotudo”.

Contra el “Norman, si no te calmás vos, el mundo no te va a calmar”. ¿De qué calma me hablás, si acá ya no existe eso? Preguntás mientras te reventás la frente contra los azulejos del baño con esa lluvia que te quema la piel pero que te hace despertar y gritar en silencio.

Al borde del anden, al borde del precipicio. Como toda la vida. Como todas tus historias, como todos los días. Y estás esperando que alguien te empuje o te agarre, pero ni vos sabés cómo te mantenés en pie, porque ya no tenés pies, porque no tenés cuerpo, porque no hay anden. Porque eso ya aburrió.

Tumbos, tumbos, palabras y promesas. Sueños emergen de un lado que te encanta porque los desconocías, porque los extrañabas, porque te cachetean, te sacuden. Te mueven. Vení, saltá, vaciate los bolsillos, te dicen. Y lo hacés, sin entender que no es un sueño, y que estás en el medio de la nada, saltando, mientras todos están sentados. Sin pensar que se está por romper ese suelo que es más endeble que tus ganas de saltar. Palabras que suenan hermosas pero que en algún punto llegan a su punto final.

O punto y aparte.

Porque se chocan con algo que no podés manejar, que podés flashear, que podés mirar e imaginar pero que nunca vas a poder controlar. Porque ni podés controlar esto. No podés controlar el impulso, el choque, el después. No podés juntar estos pedazos que quedan de vos ante cada estampida, ante cada destrucción. No estás en San Fermín, no sos ningún toro que corre enfurecido sin entender por qué, mientras alrededor borrachos y borrachas no paran de divertirse. Y vos ¿, que estás borracho de un vino amargo, no sabés que también te podés divertir. O, sí. Lo sabés. Pero te acabás de acordar que después de cada risa inventada viene esto, de cada sonrisa falsa y abrazo vacío viene esto. La pared, vos. El precipicio. Estuviste a veinte metros de enterrarte en la nieve, de caerte, de que las manos se congelen y se te enfríe el alma por siempre. Acá, cercá, con el mundo que dice no conocer la frialdad, la muerte, tu congelamiento y su falta de calor. Dejá de quejarte de la transpiración, disfrutá de este calor, que cuando no lo tenés, te ponés tres pares de mierda, de medias para que no se te congelen los ojos con todo eso que no está saliendo y que salió una vez en una abrazo pero que vos mismo congelaste. Te congelaste. Te enfriaste. Imbécil. Imbécil. Congelaste el llanto y ahí quedó, perturbado, perpetuo hasta que no te revientes de nuevo la cara contra esta pared que te está saludando y te está invitando y te está llamando. Estuviste a veinte metros de morirte enterrado en la nieva, de caerte, el humano deforme que cree que entiende todo pero que no sabe un carajo de nada. Lleno de miedo y de terrores, de promesas que nunca vas a cumplir, por tu falta de compromiso con vos, por el miedo que te da la confianza, la palmada en la espalda, el beso, el abrazo, el todo va a estar bien, y dos humanos mirándose a los ojos, diciéndose que no van a estallar, que no se van a estrellar.

Andamos regalando palabras sin tener en cuenta las connotaciones para las personas que las escuchan. Jugamos con el mundo, creemos que somos el universo cuando sos un simple imbécil que muere con cada coma, que cree que sabe cuando tiene que ir un punto o una coma, que dice sin pensar, como esos últimos suspiros en los que pedís por algo que no sabés muy bien qué es.

El difícil momento en el que te das cuenta que estás remando porque no tenés nada más que hacer, porque creés que ese mundo va a rescatar las sonrisas que tenés encanutadas, los abrazos que tenés retenidos. La estupidez patriótica de remar en dulce de leche, qué mierda es eso si vos estás remando en sentimientos. Y te cagás de risa porque no podés gritar. Son casi las dos. Pero tu cabeza no para, hace días que no para. Y no sabés cuándo la vas a estrellar contra esa canilla que no cierra bien.

¿Por qué estoy remando? ¿Qué es esto de creer que en el rescate? Entender que vos sos tu ejército de salvación, que nadie es la cruz roja de nadie, que si te morís obeso y atragantado de palabras que no sabés decir, nadie pero nadie pero nadie va a venir a darte una palmadita en la espalda para que eructes, el provechito para que arranques y vomites todas estas palabras que no paran de ahogarte. Desangrate en palabras que creés que son verdaderas pero son caminos sin salidas, sin rotondas, sin pavimento. Se te rompe el auto que no sabés manejar, que te da miedo manejar. Como la vida, que no sabés cómo mierda hacer para manejarla.

¿Y qué es esto, si te duelen los brazos, si te duelen las palabras, para qué, si no estás yendo a ningún lado, si no estás llegando a nadie, si ya te alejaste de vos? Y te pasás la vida alimentando egos para que el tuyo esté ahí, escondido, creyendo que sos feliz mientras decís palabras hermosas a gente que no conocés, mientras les hablás de la eternidad que tienen sus ojos cuando no creés ni en tu propia eternidad.

Y ahora cómo hago para dormir mis pestes, estas voces que salen de mi boca en forma de llamas silenciosas e invisibles que nadie puede ver. Pero yo sí soy todo esto que ves, convertido en burbujas atadas a esa acidez de las siete de la mañana, cuando no te podés ni despertar, cuando no te querés ni despertar.

Dejar de remar contra la nada, dejar de querer abarcar todos los besos, todos los ojos. Asumilo, imbécil, no podés ni abarcarte a vos. Y toda esa gilada de abrazarte a vos para abrazar al mundo, en este preciso momento tiene sentido, aunque después de este punto final digas que querés borrar todo, porque todo esto es mentira, es un invento de tu impulso que no te deja releer, que no te deja mirar, que no te deja frenar, como estas comas, que salen, por salir, sin sentido, que podrían no estar, pero, mirá, este es el impulso, que no para, que me quema la cabeza, que en un par de minutos, segundos, después del punto final, te va a hacer putear, vas a querer borrar todo, porque esto no tiene sangre, no tiene ese abrazo que te haga arrancar las lagrimas que te están haciendo enfermar, porque esto no tiene nada pero nada pero nada de vida. Ya está, no te sofoco más, ahora sí podés respirar.

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