4.3.12

Y que vengas así, inmune al paso de las horas, tan sonriente o más. Mirá qué lindo te queda ese vestido. El mismo que usaste la penúltima vez que nos vimos a solas, inventando el destino. Pero ahora, ahora te queda mejor, tan radiante, como dice uno cuando se vuelve muy pelotudo.
Y eso, que vengas así, inmune a la distancia, como si nada te afectara. Si realmente es así, yo me pregunto y no te lo pregunto, para qué volvés, para qué aparecés. Al pedo, al cuete, duele. Duele verte ahí, así, ya no más acá, duele verte enarbolando tu sonrisa, el concepto de saber cómo estoy, qué mentira más grande. Estoy como el orto, porque no estás acá conmigo, pero obvio, está todo bien, felices los niños, felices mis yos, feliz cada hora que pasa y nos alejamos del ayer. Del momento eterno, de las caricias imborrables. Feliz cada día que puedo despertar sin soñarte, de sueños que me carcomen la cabeza, de sueños que en su momento, en su tonto momento, eran la nada misma comparado a la hermosa, debería ir entre comillas, para no quedar tan ñoño, realidad. Así, eterno yo y vos. Eternos los dos. O eso, o eso quise creer. Estoy como el orto, sabés. No vuelvas a aparecer si venís con esas intenciones de bondad y buena onda con el mundo. Porque a mi no me llena eso, no me alcanza, no lo busco, no soy mundo.
Y que vengas así, tan sonriente, la pucha, qué hermosa.

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